Darwin, la Filosofía y el Tribunal Supremo
El origen de las especies de Darwin constituye uno de los más importantes puntos de inflexión en esa línea-historia del ser humano. En este artículo trataré de mostrar la vigencia de dicha obra en el modo en que, doscientos años después, nos pensamos a nosotros mismos.
1. Darwin
Darwin era un jovencito obsesivo que dedicaba gran parte de su tiempo libre a buscar y coleccionar especies nuevas de escarabajos por los jardines de la Universidad de Cambridge. Al hacerlo nunca imaginó que el biólogo-coleccionador fuera a terminar directamente emparentado con aquello que buscaba. Para un británico creyente de principios del XIX la idea de que unos cuantos fallos y mutaciones genéticas fueran los responsables de nuestra existencia era algo fuera del alcance. Como hijo de la Ilustración, Darwin estaba obligado a pensar que algún plan racional tenía que estar detrás de la Naturaleza, alguien tenía que haber clasificado las especies y ser responsable de su brillante diseño. Y el ser humano, tocado por la gracia de la Razón, estaba en el mundo para averiguarlo.
Y sin embargo, sir Charles Darwin siguió observando la Naturaleza como sólo un empirista británico podría haberlo hecho, es decir, creyendo más en sus sentidos que en sus propios esquemas mentales. Y no se amilanó en absoluto ante la posibilidad de que todo lo aprendido en la escuela y la universidad fuera erróneo. Nuestro biólogo se embarcó en el Beagle rumbo a las Islas Galápagos y comprobó, atónito, cómo los pinzones cambiaban de isla en isla, y se hacían más gorditos, más picudos o más rápidos en función del ambiente y de las necesidades de cada isla. Lo que debemos a Darwin es, además de su impagable amor a los pájaros y a los detalles, el valor que tuvo al dar a sus cuadernos de campo tanta importancia o más que a todos los libros de biología escritos hasta el momento.
Cuando Darwin volvió a Londres, lo hizo con una mezcla de entusiasmo y de terror. Entusiasmo porque se daba cuenta de que sus descubrimientos le podían convertir en el autor más leído de la Europa del momento. Y aterrado a la vez porque esos mismos descubrimientos socavaban los cimientos básicos de la cultura occidental y obligaban a replantearse varios de los axiomas más importantes de los que habían partido filósofos y científicos durante varios siglos.
Pronto descubrió el autor de la Teoría de la Evolución que sus temores no eran infundados, pues el rechazo que encontró fue generalizado. Más de una vez el público le dejó con la palabra en la boca, marchándose de sus conferencias cuando éste trataba de compartir sus descubrimientos. Las implicaciones morales de las teorías de Darwin eran inaguantables para los hombres de su época. Su propia mujer, muy creyente, no quería que publicara El origen de las especies por miedo al aislamiento social al que podía llevarles. Al final, la amenaza de que un tal Wallace llegara a las mismas conclusiones que él y las publicara antes, le convenció de la necesidad de sacar a la luz uno de los libros más determinantes de la historia del pensamiento.
Pero lo que más aterraba de la teoría darwiniana, lo que a él mismo más inquietaba era no tanto el hecho de que el hombre viniera del mono. Ese parentesco podría ser incluso gracioso o anecdótico si no hubiera sido por la manera en que dicha evolución había sucedido. Lo más vertiginoso de la teoría de la evolución de las especies, algo incluso que no termina de ser creído hoy en día, es el modo azaroso en que dicha evolución se produce. Si la línea entre el mono y el hombre hubiera sido resultado de algún plan racional, ya sea divino o de la propia naturaleza, la idea de la evolución habría sido aceptada con muchísima más facilidad. Lo que horroriza a la gente, igual que al propio Darwin, es la idea de que todo ocurra al azar, es decir, que igual que se ha producido, podría no haberse producido nunca. Es decir, que el ser humano es producto de la suerte, que no es para nada necesario ni predecible. Existimos igual que podríamos no hacerlo. La evolución, entonces, no es ningún proceso lógico, sino fortuito.
Esta idea es totalmente contraria a la lógica humana, al esquema teleológico según el cual estamos acostumbrados a pensar. La acción humana sigue unos fines, y en función de esos fines actuamos. Este esquema lo aplicamos a la Naturaleza y creemos ver en ella unos fines, un objetivo, un telos. Es por ello que aceptamos el dibujito ese famoso que lleva del mono al hombre, porque vemos un objetivo y una serie de pasos que nos acercan a él. Sin embargo no es así como sucede. Según la teoría de la evolución iniciada por Darwin y perfeccionada y fundamentada por autores como Morgan, Mendel o Dawkins, se producen una infinidad de mutaciones azarosas en el proceso de reproducción. Y sólo si una de ellas, que nunca es buscada, tiene consecuencias positivas en la adaptación al medio, será perpetuada en las siguientes generaciones.
Esta idea, como podemos intuir, entraña una pérdida en la fe en la Providencia divina. Desde el momento en que es el azar el que ocasiona los cambios, ya no es Dios el que está detrás de todo lo que sucede. Y ya no Dios está en peligro. Es la propia concepción racional de la Naturaleza la que ya no puede mantenerse a partir de Darwin. La realidad ya no está ordenada y sometida a leyes. Ya no se puede hablar de Cosmos, sino de Caos. Las cosas suceden al azar, las categorías kantianas fallan a la hora de entender la Naturaleza y no se puede seguir confiando en que la razón descubra los mapas secretos de la realidad, porque todo sucede al azar. La obra de Darwin supuso un importantísimo revés a la Filosofía Moderna y a su ambición de describir correctamente el mundo.
2. La Filosofía
El origen de las especies se publicó por primera vez en 1858. No es casual la coincidencia con la publicación, en el ámbito de la Filosofía, de las últimas obras con afán sistematizador, con vocación de construir un logos universal. Se podría considerar la obra de Hegel como el último gran intento de construir un sistema filosófico, sintetizador de todos los puntos de vista anteriores. A partir de él, de la mano de Nietzsche y Heidegger, todo en la Filosofía Contemporánea es renuncia a la verdad absoluta, reconocimiento del perspectivismo y sustitución del descubrimiento por el consenso como criterio último de lo que consideramos válido.
Sin quererlo y sin saberlo, autores ajenos a la Filosofía han contribuido a moldear ésta tanto o más que los propios filósofos clásicos. En este lugar privilegiado podríamos ubicar a pensadores tan distintos y tan iguales como Marx, Freud y, sin dudarlo, Darwin. Las consecuencias filosóficas de la obra de Darwin son enormes. Me centraré únicamente en las más significativas.
Para empezar, la validez que pueda tener la observación depende fundamentalmente del lugar desde donde se realice ésta. Antes de Darwin, estaba más o menos claro que el ser humano observaba la naturaleza desde fuera. Como ya he comentado antes, el ser humano tenía el privilegio de estar tocado por la varita mágica divina, que, al dotarle del instrumento de la razón, le permitía ver el mundo de la Naturaleza desde fuera. Esto, evidentemente, le aseguraba la objetividad necesaria para comprender las leyes de la Naturaleza.
Sin embargo esta objetividad es perdida del todo desde el momento en que pensamos, con Darwin, que el ser humano es parte integrante de la Naturaleza, igual que lo es un mono, un pingüino o un abeto. Esta integración del ser humano en la Naturaleza lo convierte en juez y parte y le hace perder la objetividad que se requiere para una observación imparcial. Esta ruptura de la separación sujeto-objeto es llevada a cabo radicalmente por Heidegger en su obra Ser y Tiempo, en la cual se dedica a fundamentar ontológicamente lo que ya hizo Nietzsche tempranamente y con su estilo metafórico y aforístico, cuando afirmó, en su breve escrito Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, que la inteligencia humana es un instrumento al servicio de la vida.
Las huellas de la teoría de la evolución de Darwin son manifiestas en toda la Filosofía Contemporánea. El siglo XX y lo que llevamos del XXI ha presenciado una Filosofía incapaz de volver atrás en el tiempo e ignorar la realidad de que somos parte de la Naturaleza y de que nuestra visión del mundo será siempre contingente y determinada por nuestras necesidades vitales, con lo cual tenemos que renunciar de una vez por todas a los intentos filosóficos pretéritos, bien de subir al Mundo de las Ideas platónico, o de seguir el método cartesiano para llegar a una verdad incuestionable o a la aceptación incondicional del Imperativo Categórico kantiano.
La Filosofía actual, una vez más, postdarwiniana, no tiene ningún reparo en considerar al ser humano como un animal más, que mira al mundo desde una perspectiva particular y preocupado en su subsistencia y en su convivencia.
Tampoco ha sido pequeña la influencia del darwinismo en el campo de la Antropología cultural y filosófica. Hasta el siglo XIX era habitual describir las distintas culturas como eslabones o peldaños que se iban acercando paulatinamente hasta la cultura occidental, siendo explicados como estadios imperfectos de la evolución humana. Estaba claro que la cultura occidental era la superior y el punto ideal de llegada para toda cultura. Sin embargo, desde Darwin, el criterio de adaptación al medio ha llegado a ser determinante. Desde esta óptica no hay cultura superior a otra, con tal de que esté adaptada al medio en que se encuentra. Así, una tribu de la selva amazónica sin apenas tecnología puede ser igual de válida que nuestra sociedad computerizada, siempre y cuando satisfaga todas las necesidades de sus componentes. Y, desde el momento en que los miembros de la tribu comentada no tienen competencia alguna por los recursos naturales de su medio, se puede decir que está perfectamente adaptada al mismo y, por lo tanto, evolucionada al máximo.
Esta idea de la adaptación al medio nos hace desvirtuar la idea misma de progreso cultural y, como todo en la Filosofía Contemporánea, queda sometido al relativismo, despreciándose los cánones absolutos usados por los autores más clásicos.
La obra de Wittgenstein se puede considerar igualmente influida por este criterio darwiniano de la lucha por la supervivencia y la adaptación al medio. De hecho, todo el pragmatismo filosófico, una de las escuelas con más seguidores en la actualidad, puede ser vista como una consecuencia directa del darwinismo. Según el pragmatismo, sólo es válido lo que nos resulta útil. Como ya hizo Wittgenstein en sus Investigaciones Filosóficas, las proposiciones no tienen más valor que su uso, y las ideas son ciertas en la medida en que la gente las usa y le funcionan. Autores como Rorty y Dewey defienden este pragmatismo como única salida digna para la Filosofía actual, obligada a reconocer la contingencia y arbitrariedad del conocimiento humano.
Así pues, del mismo modo en que una especie está perfectamente evolucionada si está adaptada a su medio y no tiene competidor, una determinada idea es válida si está adaptada al medio y es útil a la gente que la usa. No hay que ver, en consecuencia, una línea evolutiva, un progreso al que acercarnos. Igual que hay especies que no han evolucionado nada en millones de años, porque están perfectamente adaptadas a su medio, hay ideas que no han cambiado porque funcionan, no porque sean correctas.
Sin embargo, esta dependencia del ambiente o el contexto para juzgar la validez o no de una especie, hace de esta especie siempre algo provisional, condicionada a las circunstancias que le rodean. En cuanto cambien las circunstancias, esto es, los recursos naturales con que cuenta esta determinada especie, cambia la consideración de dicha especie como adaptada o no. Lo mismo puede pasarle a una norma moral, por ejemplo, que puede ser válida para una cultura y no válida para otra.
Pero esto, como se puede apreciar, va directamente en contra de la pretensión de universalidad que tiene la moral, siempre con ambición de ser válida para todos los seres humanos en todas las circunstancias. Un buen ejemplo de esta vocación es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que sería hoy en día el único reducto de incuestionabilidad que podemos encontrar en la Filosofía moral, una especie de mínimos morales que permitan la convivencia, quedando todo lo demás en el ámbito de la arbitrariedad.
También en el campo de la Sociología y la Filosofía social y política encontramos la huella directa de Darwin. El llamado neodarwinismo social se basa en el hecho incontrovertible de la lucha por la supervivencia y la selección natural para justificar moralmente un neoliberalismo cruel en el que sólo tienen derecho a sobrevivir los más fuertes, convirtiendo la convivencia en una competencia capitalista sin tregua y dejando al Estado en un nivel de mínimos. Este es el modelo aplicado en países como los Estados Unidos, que, irónicamente, son los más fieles creyentes en la pureza de la teoría de la evolución, a pesar del ferviente cristianismo oficial que alcanza a los discursos políticos de los presidentes, convirtiendo muchas de sus maniobras de política internacional en meras reediciones de las Cruzadas, toda una lección de Teocracia en pleno siglo XXI.
Para concluir me gustaría recalcar una vez más la importancia que la metáfora darwiniana de lucha por la supervivencia y adaptación al medio ha tenido en el pensamiento filosófico contemporáneo, para el cual las ideas han perdido su pretendida pureza y universalidad, siendo concebidas como un experimento, una especie de invento particular que no tienen otro cometido más que servirnos. La utilidad, por tanto, es quien tiene la última palabra. Las teorías, hoy por hoy, no son ciertas o falsas, sino útiles o inútiles. Igual que las especies de un ecosistema. Y es el consenso de todos, es decir, la ley, quien las juzga.
3. El Tribunal Supremo
En un estado de derecho la ley es la máxima autoridad y está por encima de todos. Esto es así y debe ser así porque la ley misma es el fruto directo de la soberanía popular, de la voluntad del pueblo. El carácter consensual que tiene la ley es lo que la legitima, y ha de considerarse como una especie de verdad absoluta, un mínimo moral que ha de posibilitar la convivencia por encima de cualquier posicionamiento ético o religioso particular.
En este sentido es pertinente, desde el punto de vista de la Filosofía moral, considerar las sentencias de nuestros tribunales para saber qué determina hoy por hoy la ley como un contenido moral absoluto, indiscutible y de carácter público y qué, por el contrario, está dentro del ámbito privado de decisión.
El caso planteado al Tribunal Supremo recientemente con ocasión de las objeciones de conciencia interpuestas a la asignatura Educación para la Ciudadanía es un caso paradigmático y clarificador de lo que estamos tratando. La pertinencia o no de la teoría de la evolución en el sistema educativo, y sobre todo, del tipo de moral que, directa o indirectamente implica, está en la base de todo, aunque no sea directamente el propio Darwin el objeto de cuestionamiento. El principal rechazo de esta asignatura proviene mayoritariamente de familias creyentes que cuestionan la teoría darwiniana. Este rechazo es más evidente en Estados Unidos, donde la ley de muchos estados excluye el estudio de dicha teoría de las escuelas, por ser considerada tan sólo una hipótesis secular más sobre el origen de la vida, tan válida, según ellos, como el relato bíblico de Adán y Eva.
En España, por el contrario, ha sido la teoría darwiniana, es decir, la cosmovisión y el sistema laico de valores que ésta implica, la que ha contado con el apoyo de la ley. La sentencia del Tribunal Supremo ha sido clarísima en este punto:
“Es preciso insistir en un extremo de indudable importancia: el hecho de que la materia Educación para la Ciudadanía sea ajustada a derecho y que el deber jurídico de cursarla sea válido no autoriza a la Administración educativa -ni tampoco a los centros docentes, ni a los concretos profesores- a imponer o inculcar, ni siquiera de manera indirecta, puntos de vista determinados sobre cuestiones morales que en la sociedad española son controvertidas.
(…) Las materias que el Estado, en su irrenunciable función de programación de la enseñanza, califica como obligatorias no deben ser pretexto para tratar de persuadir a los alumnos sobre ideas y doctrinas que -independientemente de que estén mejor o peor argumentadas- reflejan tomas de posición sobre problemas sobre los que no existe un generalizado consenso moral en la sociedad española. En una sociedad democrática, no debe ser la Administración educativa –ni tampoco los centros docentes, ni los concretos profesores- quien se erija en árbitro de las
cuestiones morales controvertidas. Estas pertenecen al ámbito del libre debate en la sociedad civil, donde no se da la relación vertical profesor-alumno, y por supuesto al de las conciencias individuales. Todo ello implica que cuando deban abordarse problemas de esa índole al impartir la materia Educación para la Ciudadanía –o, llegado el caso, cualquiera otra- es exigible la más exquisita objetividad y el más prudente distanciamiento". (Tribunal Supremo. Sala de lo Contencioso-Administrativo. Sentencia del Pleno. Fecha Sentencia: 11-02-2009. Sentencia contra Recurso de casación número 905/2008.)
Es decir, que no se puede objetar porque todo lo enseñado es parte incuestionable de la visión del mundo que tenemos, que no es más que el resultado del acuerdo mayoritario de la comunidad científica, que es quien tiene la legitimidad para decidir acerca de estas cuestiones, igual que lo sería, por ejemplo, la comunidad médica para decidir campañas sobre vacunación masiva o los tratamientos permitidos para ciertas enfermedades.
El contenido de la asignatura Educación para la ciudadanía sería, pues, inevitable, quedando excluido de su elección privada. Forma parte de esos mínimos morales que todo ciudadano ha de respetar, elevándose, de esta manera, casi a la categoría de verdad absoluta, situándose por encima de creencias particulares.
No obstante, la segunda parte de la Sentencia es la que resulta relevante desde el punto de vista de la Filosofía. Como muy bien argumentan los magistrados del Tribunal Supremo, el Gobierno ha de cuidarse mucho de mantener la educación moral en un nivel de mínimos lo más reducido posible, limitándose, por ejemplo, a valores muy básicos como la solidaridad, la libertad, la tolerancia, etc. Esto debe ser así porque únicamente si mantenemos los contenidos morales en un mínimo aceptado por una amplia mayoría podrá tener la educación el carácter consensual necesario, pues el consenso es el único criterio verdaderamente legitimador en la lógica democrática.
Pienso que desde una óptica puramente filosófica y desideologizada, es decir, independientemente o no de que compartamos o no lo que se propone en el contenido de dicha asignatura, debemos estar de acuerdo con la sentencia del Tribunal Supremo, tanto con la prohibición de la objeción de conciencia como con la advertencia que hace al Gobierno inmediatamente después. Quizá sin saberlo, el Tribunal Supremo está apostando más por la Filosofía que muchos profesores de la asignatura que se adhieren a propuestas ideológicas partidistas pensando que así contribuyen más decididamente al progreso.
Pero es precisamente este espíritu problematizador de la Filosofía el que no debe perderse. No tenemos que caer en la tentación positivista de ciertos sectores filosóficos, sobre todo los más politizados, de ir eliminando preguntas filosóficas para convertirlas en leyes, en verdades. Esto es todo lo contrario de lo que ha hecho históricamente la Filosofía, es decir, un libre cuestionamiento de temas para los que no hay una respuesta fácil y evidente. Creo que este es el camino que debe seguir la Filosofía, planteando preguntas y cuestionando las respuestas precipitadas, pues es el único modo para que el pensamiento pueda seguir descubriendo nuevos caminos y no cerrándolos.
Una buena lectura de Darwin no ha de consistir únicamente en decir que venimos del mono y aprenderse de memoria, como un nuevo dogma, la transición entre el australopithecus y el homo sapiens. Aprender de Darwin significa seguir pensando, ciento cincuenta años después de El origen de las especies, que somos parte de la naturaleza, que nuestro conocimiento es finito y limitado y que la nuestra es una perspectiva más entre las muchas posibles. Ser darwinista nos llevaría, por tanto, a medir las cosas con cautela, a no dar demasiado por sabido y a no considerar ninguna teoría como una verdad absoluta, incluida, para completar la paradoja filosófica, la propia teoría darwinista.
